El
paraguas.
Los hombres incesantemente, se fabrican un
paraguas que los resguarda, en cuya parte interior trazan un firmamento,
y escriben sus convenciones, sus opiniones, pero el poeta, el artista,
practica un corte en el paraguas, rasga el propio firmamento, para dar
entrada a un poco de caos libre y ventoso y para enmarcar en una luz repentina,
una visión que surge a través de la rasgadura, primavera
de Wordsworth o manzana de Cezanne, silueta de Macbeth o de Acab.
Entonces aparece la multitud de imitadores, que
restaura el paraguas con un paño, que vagamente se parece a la
visión, y la multitud de glosadores, que remiendan la hendidura
con opiniones: comunicación.
Esto nos dice D. Lawrence...
Cómo no ser un restaurador de paraguas.
Cómo intervenir sin mimetizarse con su lenguaje, hoy que se ha
roto la unidad del discurso, cómo lograr una arquitectura que sea
susceptible de tantas interpretaciones y sentidos como la historia misma,
que niegue el discurso narrativo como un todo cerrado, que pueda ser contada
de mil maneras, donde pierda sentido el significado, la interpretación.
Que no establezca ninguna verdad o falsedad.
Que deseche lo hecho anteriormente, que se maneje con la parte, la reversión,
la mentira.
Una obra de equívocos y respuestas parciales.
Una arquitectura, que esté dispuesta a despojarse de sus certezas,
que se mida con lo que no sabe, que se aventure a seguir pistas más
difusas, incluso pistas falsas, que corra riesgos, que se anime a caminar
fuera de su red conceptual.
Una arquitectura que no sólo se angustie, por el encuentro entre
el plano horizontal y el parámetro vertical; sino, que cuestione
los fundamentos mismos.
Una arquitectura, infundada.
La piedra no es capaz de rasgar el firmamento, pero si es incapaz de remendarlo
con una imagen, que vagamente se parezca a la visión.
La piedra está allí, conviviendo con esa línea imaginaria
que une las cosas con el suelo, quitándole razones de peso, atestiguando
la gravedad de la situación.
La piedra, a pesar de ser una objeción en el camino entre el racionalismo
y sus fundamentos, no pertenece al mundo de los objetos, está del
lado de las cosas. Los objetos son construcciones del hombre, tienen proyecto.
La piedra no tiene proyecto, en todo caso, es un proyecto lapidario.
Atemporal, asemántica, asignificante, inútil, anarquitectónica.
Es la materia, el principio, el fin...
“Siempre hará falta otros, para hacer otras rasgaduras, llevar
a cabo las destrucciones, necesarias, quizás cada vez mayores,
y volver así, a sus antecesores, la incomunicable novedad, que
ya no se sabía ver.”
RAFAEL IGLESIA
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