CONSUMIDORES DE CIUDADANOS I


Conocemos al hombre tanto por lo que cuida como por lo que descuida.La historia nos enseña que hemos adquirido seguridad dándola. Es decir: cuidamos lo que necesitamos, ya sea herramienta, ganado, incluso cuidamos del prójimo en la medida en que sea mano de obra. Resumiendo: desde el comienzo de los tiempos, hemos protegido todo lo que hemos requerido para dominar el medio y, dentro de ese todo, el obrero resultó un bien preciado en épocas donde el trabajo le agregaba valor al producto. Hoy las economías de los países centrales no están orientadas a la producción, tarea ésta que delegan a países periféricos, salvo en los casos de productos de alto valor agregado. Ya no compran materias primas y venden productos, lo que venden son servicios y lo que compran son acciones, son economías exclusivamente interesadas en la conquista de los mercados, objetivo que logran mediante estrategias tales como la imposición de una cotización, o la presión de lobbies o la sustitución de productos, antes que por la baja de costos.

Son economías para el producto, no para la producción.
“Globalización” es la palabra que utilizamos para denominar esta nueva situación. Concepto que ha venido para quedarse, modelo que esconde bajo el poncho las perversas consecuencias que implica su modo de producción: transforma la productividad (aquello que garantizaba bienestar a una sociedad) en desocupación, exclusión y por lo tanto en inseguridad (como se ve, la primera de estas palabras no viene sola, trae estas otras de damas de compañía, sin olvidar aquellas sobre las cuales aplicó un profundo desgaste hasta convertirlas en asignificantes, minimalistas, como son trabajo, solidaridad, fraternidad) La productividad hoy sólo se logra incorporando tecnología, lo que, inevitablemente, anula puestos de trabajo. Esta es la ecuación que se ha roto y nadie consigue reformularla ni disminuir su costo social. Estos flagelos irán incrementándose aunque estadísticas y gobernantes, tratando de disimular, nos digan lo contrario.

Actualmente las consecuencias descarnadas del modelo económico se están viendo en los países periféricos, ya que en los desarrollados la contención social disimula su perversión. Aquí se camina sin red. Con la restricción del mercado laboral, el individuo desocupado pierde su capacidad adquisitiva, pero mantiene la expectativa de volver a incorporarse al mercado; el excluido no sólo no accede al valor formativo que tiene el trabajo en la construcción del ser social - en una sociedad que hace los individuos que hacen la sociedad - sino que, además, padecerá todas las lesiones necesarias como para que nunca pueda ni siquiera pretender entrar en el modelo (entre las que se cuentan una alimentación deficiente y la falta casi total de educación, entre otras muchas). Las situaciones mencionadas generarán, más tarde o más temprano, el mismo resultado: inseguridad. Esta mirada económica es la responsable de que la seguridad no sea más un bien común, sino un bien de consumo, y que el hombre ya no la consiga dándola. Ahora, en cambio, pretende adquirirla apartándose, fortificándose en comunidades.

La globalización no explota al hombre, hace algo peor: lo ignora. Su deshumanismo hará ver que sistemas como el capitalismo y el comunismo eran afables con el hombre y hasta tenían cierta justicia; que la lucha de clases era un juego que se jugaba con la misma seriedad con que juegan los chicos (aunque hay que reconocer que siempre perdían los mismos); que la explotación no era más que el cumplimiento de la sentencia bíblica con la que Jehová echa al hombre del Paraíso: ”Lograrás el pan con el sudor de tu frente” o con el de en-frente . La globalización nos propone un juego donde al igual que en la ruleta rusa, no existen los buenos perdedores .


RAFAEL IGLESIA
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