CONSUMIDORES DE CIUDADANOS II

La historia de los siglos XIX y XX nos muestra cómo mercado y democracia se han reafirmado mutuamente, a pesar de que son términos contradictorios. El mercado funciona sobre la base del egoísmo, mientras que la democracia no sólo respeta la voluntad de las mayorías, sino que los que más tienen más aportan para sostener la educación, la salud y la seguridad de todos. Sin embargo, la aparición de nuevos modelos económicos ha desdibujado las fronteras entre mercado y bienes colectivos y amenaza realizar cambios profundos en todos los órdenes. Un síntoma de estas transformaciones aparece ya en las actuales estructuras urbanas, donde los espacios públicos pasan al ámbito privado, ya no solo vemos emprendimientos particulares en estos espacios, sino que además la calle componentes esenciales en la estructura del espacio publico de una ciudad, se “privatizan” con la aparición de nuevas formas de agrupamiento. Por otra parte, el ciudadano, que es el que da origen a la ciudad y no a la inversa, comienza a desdibujarse. Las criaturas urbanas modifican sus conductas y se recluyen buscando nuevas formas de agruparse intramuros con sus iguales, con la intención de conseguir homogeneidad económica-social, sin respetar la vieja fórmula (obtener seguridad dándola) sino apelando a las trincheras.

Si entendemos que la ciudad es la gente y que la urbe es la piedra donde ésta habita, si aceptamos que los individuos se han agrupado de acuerdo a sus modos de producción y que desde la Revolución Industrial la ciudad es el lugar donde mejor se cumplen sus expectativas, si acordamos en que una ciudad está bien cuando su gente lo está, no cuando su forma urbana es homogénea, no dudaremos en afirmar que las cosas cambiaron considerablemente. La pregunta finisecular que se impone en estos tiempos acerca de cómo será la ciudad del siglo XXI no parece admitir una respuesta demasiado optimista En todo caso, habría que ponerse a pensar si la pregunta que deberíamos formularnos no sería: ¿habrá ciudad el siglo que viene? ¿Seguirá siendo ésta la forma de agruparse de los hombres en una era que augura mutaciones tecnológicas insospechadas? Si la mirada económica-política es la que determina la división de clases, estas relaciones de producción inéditas hasta hoy distribuirán al hombre espacialmente en compartimentos estancos, disgregando la sociedad hasta convertirla en una suma de comunidades sin relación entre sus partes. Tendremos mercados comunes antes que naciones, comunidades antes que sociedades, consumidores y excluidos, antes que ciudadanos desaparecido este, -el ciudadano- la ciudad no tiene sentido. En síntesis: esta transformación de los modos de producción ocasionada por las nuevas tecnologías, implicará cambios profundos en los contextos de interpretación simbólica y una total redistribución de los espacios geográficos, políticos, sociales, económicos. Distintas fronteras, otras organizaciones, otra cultura, ya no otro mundo, otra cosa.

La defensa de la ciudad no como estructura funcional sino como hecho cultural, es la defensa de la sociedad, de la cultura urbana, de su heterogeneidad, de la convivencia y aceptación de lo diferente. Lo que se defiende es la igualdad, la fraternidad y todos esos principios que iniciaron la aventura que nos convirtió en ciudadanos, porque lo que hoy está en juego es nada menos que esto.
Y precisamente la necesidad de esta defensa es lo que nos exige reflexionar sobre las mutaciones que están ocurriendo. Si no logramos construir una filosofía política que contenga el nuevo modelo. Nos encontraremos frente a la amenaza barbarizadora de nuestro propio perfeccionamiento tecnológico y sin proponérnoslo, estamos yendo hacia nuestra propia emboscada. Leía recientemente un trabajo de economía, donde Adam Smith, el padre del capitalismo, expresaba su repudio a los monopolios, no por las distorsiones que pueden ocasionar en los mercados, sino porque reimplanta un modo medieval que permite discriminar.
Y si vemos , como yo lo veo, que, un country, un barrio cerrado, es un monopolio de bienestar, de seguridad, que no solo provoca distorsiones en lo urbano sino que permite discriminar, con lo cual se reimplanta una practica feudal.

En estos tiempos hay una inversión de los agrupamientos humanos, la periferia ahora es tomada por estos asentamientos, y la degradada periferia se trasladara al centro o se apiñara en los limites de estos campos de concentración del bienestar, como los mendigos alrededor de los templos.


RAFAEL IGLESIA
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