HOMO-NO


¿Y si viésemos la evolución de la arquitectura de la misma manera en que se ve la evolución del hombre en esas siluetas que muestran al homo-sapiens alejándose del mono? Esas imágenes encierran un mensaje: la evolución consiste en abandonar la posición animal y ponerse de pie, mantenerse erecto. Ya no se posa en cuatro patas, ahora es un bípedo y su relación con el suelo es otra. El peso recae sólo sobre dos piernas. Sé que es un el análisis precario, pero lo seguiré; puede resultarme útil.
Diré –y esto corre por mi cuenta- que el asunto en la arquitectura ha sido siempre el de sostener un techo, es decir, sostener un peso (las esforzadas cariátides prueban lo que digo). Desde el principio ha sido una lucha de fuerzas, donde sólo un resultado es posible: ganar (de lo contrario, el techo se cae). La razón de ser de la arquitectura es techar un mundo diverso y clasificarlo.
A partir de la manera en que este peso se sostiene se elaboran las mil y una teorías que van desde los dólmenes hasta hoy. De acuerdo a la tecnología que dispuso el hombre en cada época la relación con el piso cambia; la polea y la palanca la descompusieron y crearon nuevas posibilidades. El plano inclinado, por ejemplo, propicia las Pirámides, máquinas de su propia invención; el arco romano permite ampliar los vanos; la cúpula y la bóveda generan vastos espacios sin columnas; el arco gótico, la parábola de Gaudí ganan la altura y últimamente el hierro y el hormigón hacen que la arquitectura pueda llegar a rascar el cielo, pero siempre con los pies sobre la tierra.
Tal vez todo pueda ser concebido como un sistema de fuerzas. La sociedad es una lucha de fuerzas, la economía y la política también lo son; el matrimonio es una lucha. Todos funcionan cuando logran el equilibrio justo. Por ejemplo: creo que a los ojos de Le Corbusier, la modernidad fue un gran sistema de fuerzas. Pienso en la máquina que seduce a nuestro héroe: la fábrica; si tengo que definir este artefacto en forma abstracta diría que es un espacio cerrado con una entrada y una salida, donde lo importante es concentrar, repartir en el espacio y ordenar en el tiempo, de manera que el producto resultante de la relación de los elementos (espacio, tiempo y fuerza) sea mayor que la suma de las partes. Esto es lo que hacía Le Corbusier con la vida. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde aquellos días y, sin embargo, seguimos produciendo con los mismos principios constructivos con los que se fundó una sociedad que ya no existe. Creo que es momento de reinterpretar el pasado y romper la tradición, tal como lo hizo nuestro héroe en su época.
Por lo pronto, mi intención es volver a pensar la relación con el suelo invirtiendo la cuestión: busco que el peso no sea el problema, sino la solución; intento sostener las cosas de otra manera, sin forzarlas a exhibir la musculatura y mostrar como trabajan los elementos estructurales. Me interesa mas, en cambio, seguir el modelo de la lucha oriental en la que cada contendiente vuelve a su favor la fuerza de su oponente. Estas son hoy mis razones de peso, en esta época donde la levedad nos invade.
Quizá habría que volver a mirar aquellas figuras. Porque en este Globalizado mundo, sin una nueva filosofía política que lo contenga, tengo la idea de que nuestro amigo Homo Sapiens esta pensando en girar sobre sus talones para destensar la cuerda que Nietzsche colocó entre el superhombre y el simio. Es más, creo que en algún momento van a confundirse en un abrazo.



RAFAEL IGLESIA
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