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Felipe
el hermoso se muda a Buenos Aires Ante todo diremos que estilo es
un conjunto de obras análogas, cuya semejanza se debe a la orientación
con la que efectúan determinados supuestos sobre las posibilidades
artísticas de un tiempo. Para ser claro y poner el acento en
esto último, digo: aunque nos arropemos con indumentarias del
pasado y nos paseemos por la campiña junto a una dama con miriñaque,
seremos contemporáneos (un poco ridículos), inevitablemente
contemporáneos. Estilo, en última instancia, sólo
lo tienen aquellos que no tienen estilo. Se argumentará que en el
terreno artístico recurrir al pasado es frecuente. Picasso se
basó en trabajos anteriores, incluso en ajenos, para componer
Les damoiselles d'Aviñon y el Guernica. Beethoven rememora los
tramos finales de su Fantasía Coral, opus 80 en uno de los motivos
de su Novena Sinfonía; el mismo Corbu no dejó de aprender
de los antiguos griegos. Hay infinidad de casos, todos procedimientos
lícitos a la hora de crear; pero, bailar con un cadáver
es otra cosa, es necrofilia. Al parecer, la torre francesa
recalará en Palermo Chico. La empresa no supuso ninguna dificultad,
ya que en la Argentina copiar estilos no es nuevo, sino una modalidad
que ciertos arquitectos han elevado a la categoría de verdadero
fundamento. Y ésta fue, en gran medida, la suerte que por aquí
corrió el Movimiento Moderno, movimiento que es estética,
pero más importante aún, ética que permite pensar
y organizar desde el habitat particular hasta las grandes estrategias
urbanas. Sin embargo, la gran mayoría de las obras locales que
adscribieron a él, sólo son una muestra de estética
y de la ética no ha quedado ni rastros. En Rosario, mi ciudad,
por ejemplo, Di Lorenzi ha desarrollado una de las obras más
importantes del racionalismo, como es su edificio ubicado en Oroño
y Córdoba, lo que no impidió que, cien metros más
adelante se desdijera con un ecléctico edificio neo-colonial-barroco,
entre otras cosas. Esta manera de operar puede producir buenas y malas
obras (como de hecho las hay), pero no necesariamente grandes arquitectos. Hace poco tuve la oportunidad
de ver parte de la producción arquitectónica contemporánea
de San Pablo. En ella se respira convicción y una toma de conciencia
fuerte sobre qué producir, que se aleja de la elección
cómoda de reproducir meramente una forma. Para esto hay que tener
un cierto espesor cultural, grandes convicciones o una férrea
ideología política que no permita descuidar el rumbo ético.
Y recordar siempre que la información es un paso previo al conocimiento.
En consecuencia, no podría imaginarme a Mendes Da Rocha, Niemeyer
o al mismísimo Amancio, haciendo la dirección de obra
de una mezquita posmoderna o entregando tres propuestas diferentes para
tratar de ganar un concurso a cualquier a precio, actitud que convierte
un espacio de debate intelectual en una justa deportiva. Tampoco a mecenas
como Victoria Ocampo consumiendo estas cosas. Se es por lo que se hace
y por lo que no se hace. Los arquitectos paulistas tienen
ese espesor y los maestros, además, fuertes convicciones políticas.
Éstas son las razones que impiden que uno los pueda imaginar
haciendo una torre francesa, salvo que estén pensando en la Bastilla. La arquitectura no sólo
revela la sociedad donde se desarrolla: expresa sus valores, el nivel
cultural del poder y sus amanuenses, y sobre todo cuál es su
ética. Pero volvamos a nuestra torre
francesa. Algunos pretenden sostenerla como una actitud valiente ante
el gran desafío de seguir fielmente ese estilo, según
los propios dichos de los interesados. Desafío es querer cambiar
el mundo no embalsamarlo. Lo que está claro es que lo único
que quieren cambiar es el auto, la casa y quién sabe cuántas
cosas más. Desafío no es sólo responder a la demanda,
sino educarla, ésa es la dificultad a la que hay que responder.
Y entender que el comitente se refugia en el pasado a causa de la incapacidad
que hay de dar respuestas contemporáneas. Seguramente, este comitente
no le insinuaría a Frida Kahlo o Xul Solar qué colores
son los predilectos del mercado. Esta obra pone en evidencia la actitud
de sus autores, que a pesar de haber obtenido un lugar de privilegio,
no han sabido asumir las responsabilidades y dar las señales
de quienes, presumiblemente, traen nuevos vientos. De la misma manera que el poder
en Argentina no supo construir un país, nosotros (arquitectos)
no hemos podido escapar a esa manera de hacer en la que siempre termina
ganando la codicia y la ignorancia de unos pocos. Sin embargo, la torre
no merece ni indignación ni estupor si se la compara con lo que
estamos viviendo como sociedad. Ni siquiera pondrá en peligro
el valor urbano de Buenos Aires, ni el de la cuadra; sólo será
una curiosidad, un capricho de aquellos que tanto tienen en algunos
rubros y son tan pobres en otros. Esto tan sólo provoca un
poco de tristeza. Siempre es doloroso cuando muere gente tan joven.
RAFAEL IGLESIA
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